La falta de capacidad en el proceso de aprendizaje incide e influye de manera decisiva en todo el recorrido y trayectoria de vida de las personas que manifiestan trastornos de aprendizaje como la dislexia.
La dislexia no es simplemente una dificultad para leer o escribir, es una forma diferente de experimentar el mundo del aprendizaje. Los niños/as con dislexia enfrentan no solo los retos académicos que impone su condición, sino también las consecuencias emocionales de sentirse distintos en un entorno que muchas veces no los comprende. Y si bien las políticas de educación inclusiva, como señala Camargo (2018), promueven oportunidades equitativas, es necesario preguntarse si esa equidad es real cuando un niño no logra seguir el ritmo de la clase o participar plenamente en las actividades escolares.
La UNESCO (2005) define la educación inclusiva como un proceso que busca responder a las diversas necesidades de todos los estudiantes, reduciendo la discriminación. Sin embargo, la inclusión verdadera no puede medirse solo por la integración física en el aula.
Requiere de una transformación más profunda: una transformación de las miradas.
La dificultad de socialización de algunos alumnos con dislexia no solo surge en el aula y el contexto de aprendizaje. Una de las circunstancias que más impacta en su ciclo vital es la forma en que son mirados por los demás. Las valoraciones de las personas
significativas son las que más contribuyen en la construcción de la imagen y valía personal, en definitiva, en el autoconcepto y autoestima.
Cuando se pregunta cómo se sienten miradas las personas disléxicas, probablemente su percepción no coincida con la intención que hay detrás de esas miradas. Esta falta de conciencia consciente para “mirar de otra manera” depende en gran parte de la “ignorancia” que emerge de la falta de conocimiento.
Las personas con dislexia no se conforman con que los grandes avances sólo provengan de la educación y sus medidas de refuerzo en el aprendizaje que ponen la mirada en el alumno/a. Los grandes cambios se deben realizar desde el contexto, desde el más inmediato, como el aula y su clima de relaciones, hasta lo más impersonal, como la normativa estatal.
En definitiva, el gran reto está en la transformación hacia una apertura de mirada sensible y respetuosa para con las identidades diferentes, independientemente del origen de esa “heterogénea diversidad”.
Conseguir que, la apariencia externa de una persona o sus resultados académicos, dejen de ser un distractor parte de la responsabilidad voluntaria de querer entender las vivencias internas: no es la conducta, sino la condición que provoca esa conducta, sobre lo que debemos incidir, porque lo importante no es lo que se ve, sino que seamos capaces de preguntarnos: ¿por qué se manifiestan así?
Cuando, como profesionales, se aborde desde el origen una “conducta desajustada” o un aprendizaje “diferente en ritmo y precisión”, estaremos trabajando TODOS por la dignidad e identidad de la persona disléxica. Cuando, como sociedad, se transformen
las miradas, las personas disléxicas, construirán su autoconcepto, autoestima e identidad de manera positiva y saludable.




