tartamudez

Apuesta por un enfoque inclusivo en el abordaje de la tartamudez

Se estima que un 1% de la población mundial, es decir, 70 millones de personas en el mundo, tartamudean. Pero Clara Gutiérrez, logopeda colegiada en el Colegio Profesional de Logopedas de la Comunidad de Madrid (CPLCM) y especialista en tartamudez, advierte de que son más: “Este porcentaje se extrae de aquellas personas que están dispuestas a formar parte de la estadística, pero también existen un gran número que vive la tartamudez de forma encubierta”.

Gutiérrez que ha colaborado durante años con la Fundación Española de la Tartamudez, Fundación TTM, y actualmente es miembro del Grupo de Investigación y Trabajo en Tartamudez (GITT), formado por un equipo de logopedas de distintos puntos geográficos de España, considera fundamental que las personas con tartamudez dejen de esconderse y de evitar las disfluencias para alcanzar una comunicación más libre y sin limitaciones. Y los logopedas «debemos trabajar para conseguir que estas personas se sientan cómodas y libres como comunicadoras, no para que tenga una fluidez perfecta y los escuchantes puedan oírlas sin tartamudear”.

Según la logopeda, se está evolucionando hacia este enfoque más inclusivo que se centra en trabajar la aceptación de las diferencias en la forma de hablar para transferirlo a las diferentes situaciones cotidianas. En este nuevo enfoque es necesario que la persona conozca lo que sabemos hoy en día de la tartamudez, entienda la tartamudez en general y aprenda a conocerla en particular: cómo se despierta o cómo se manifiesta su tartamudez, qué sensación le genera y cómo reacciona ante esa sensación de pérdida de control.

“Identificar cómo es su tartamudez y qué le ayuda a comunicarse de manera más cómoda es el primer paso para desensibilizar comportamientos que dificultan el habla fácil y entrenar estrategias que son facilitadoras, no sólo de la fluidez, porque no es el único objetivo de la intervención logopédica o de la terapia, sino también técnicas para modificar los momentos de tartamudeo incómodo y convertirlos en tartamudeo cómodo”, indica Clara Gutiérrez.

La tartamudez no es una enfermedad, es una condición de origen neurobiológico. Se nace con una predisposición a tener tartamudez, que a veces viene muy marcada por la herencia. Por tanto, no se cura, pero sí se pueden aprender estrategias para poder manejarla a lo largo de su vida.

¿Cómo se entiende la tartamudez?

Existen investigaciones de neuroimagen que han demostrado que el procesamiento de la información en las personas que tartamudean es diferente al de las que no tartamudean, tanto en la producción o en la preparación de la producción del habla, en los movimientos preparatorios y también en los componentes de la fluidez. Se observan diferencias significativas en el hemisferio cerebral derecho, que es el predominante para el procesamiento de la velocidad, del ritmo, del uso de las pausas, que son aspectos muy importantes para que la fluidez no se vea interrumpida.

Atentos a los primeros signos

Las primeras manifestaciones de tartamudez o interrupciones involuntarias del habla, conocidas como disfluencias, suelen aparecer entre los dos años y medio y los seis años. Por lo que es importante que los padres estén atentos para consultar a un especialista si notaran signos de estas disfluencias. Aplazar esta visita con la excusa de que ya se le pasará, puede retrasar el diagnóstico y dificultar la terapia.

Así lo explica Clara Gutiérrez: “Hay que diferenciar entre disfluencias evolutivas, que son propias del desarrollo, que aparecen en niños de dos años y medio aproximadamente o tres, y que desaparecen en cuestión de semanas. Y las disfluencias atípicas, que se caracterizan por los bloqueos, prolongaciones y repeticiones, pero también son muy variables: varía en función del contexto, de la situación comunicativa, de la tarea lingüística, de la exposición a personas. Y es que las personas que tartamudean no siempre tartamudean en todas las situaciones, ni de la misma forma”.

Para una detección precoz, “tenemos que valorar, durante al menos el primer año, la evolución de estas disfluencias atípicas que no son propias del desarrollo evolutivo y ver si persisten o no persisten”, señala esta logopeda. Y, en el caso de que persistan, se haría una intervención más directa con el niño para enseñarle técnicas para facilitar su fluidez y conseguir que se comunique de forma cómoda”. Según esta especialista, la intervención se hace de forma muy jerárquica para poder transferirlo a situaciones comunicativas cotidianas.

Los comportamientos más visibles de la tartamudez, aquellos que podemos percibir todos los oyentes o escuchantes son los bloqueos en el al inicio del habla o las prolongaciones de sonidos o repeticiones, pero esto no resulta un problema para la persona que tartamudea, el inconveniente es que cuando aparecen esas disfluencias, sobre todo en niños más mayores o adultos, la persona tiene sensación de pérdida de control del habla y reacciona de manera intuitiva intentando evitarlo, y esto le impide hablar con comodidad.

Este tipo de comportamientos secundarios a la tartamudez, a las disfluencias, también son tartamudez. De hecho, la logopeda insiste en que estos comportamientos que no son tan visibles ante los escuchantes y ante la sociedad son los que generan más limitaciones a nivel verbal, comunicativo, físico, emocional, social y académico: “A partir de este tipo de reacciones y la experiencia que el individuo tiene con esas reacciones, se va a ir desarrollando como comunicador a lo largo de su vida, y las experiencias que tenga con la comunicación van a ser más o menos positivas en función de ese tipo de experiencias o de reacciones”.

Comportamientos secundarios

Los comportamientos secundarios de la tartamuedez suelen ser físicos, verbales o emocionales.

Los comportamientos físicos son, por ejemplo, la tensión muscular en los labios, en la lengua, incluso en los ojos. Retirar la mirada del interlocutor porque percibe dificultad a la hora de sacar esa palabra y lucha contra ello. Pero esto, lejos de ayudarle a comunicar con más facilidad, lo que hace es complicar el cuadro de tartamudez.

Otra forma de reaccionar que observamos son los comportamientos verbales, que están destinados a evitar la disfluencia incómoda. Uno de los más frecuentes es utilizar muletillas antes de empezar a hablar, con ello la persona pospone el momento de tartamudeo, pero no le ayuda a manejarlo. También es habitual el uso de sinónimos, porque la persona nota que con determinadas palabras tartamudea más y genera temor a decirlas y las sustituye en el momento. O hacer circunloquios, es decir, cambiar el discurso, lo que muchas veces provoca que sea ininteligible, porque no está bien ordenado, porque la persona está continuamente evitando. Todo ello le impide continuar hablando cómodamente.

Por último, están los comportamientos emocionales, que son secundarios a las disfluencias. La logopeda aclara que “lo emocional no genera disfluencias, lo emocional es una consecuencia de las experiencias vividas”. Cuando la persona tiene la sensación de pérdida de control sobre la propia habla, puede generar un sentimiento de vergüenza y frustración por no poder sacar las palabras, incluso miedo a determinadas palabras o a situaciones comunicativas porque ha tenido malas experiencias.

Todo esto constituye un cuadro de tartamudez. Los expertos consideran que la tartamudez es como un iceberg. En la punta del iceberg estarían los bloqueos, repeticiones y prolongaciones de sonidos. Incluso se pueden ver las muletillas o la tensión física, pero “lo que no se ve es la falta de aceptación de una forma diferente de hablar. Lo que no se ve es el autoconcepto que va generando esta dificultad para comunicar cómodamente en la persona, como hablante y como comunicador”.

Es precisamente en esto en lo que tienen que hacer hincapié los logopedas. Para ello, además del trabajo con la persona que tartamudea es clave el trabajo con las familias. “Entrenamos a los padres a ser buenos modeladores, buenos ejemplos de una comunicación facilitadora de la fluidez. Pero también les informamos sobre lo que conocemos acerca de la tartamudez, porque ellos también tienen que vivir un proceso de aceptación y normalización”, sostiene Clara Gutiérrez.  De esta forma, podemos conseguir una mayor inclusión de las personas con tartamudez y su comunicación más libre y auténtica.

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